Sí (aunque a alguien le pueda sonar raro), me atrevo a afirmar que la construcción de una marca de éxito (y da igual si es personal o comercial) debe tender a la ‘normalidad’.
Es evidente que la búsqueda de esa singularidad/unicidad que nos identifica y diferencia como marca, y que aporta ese valor único determinante para conseguirlo, rompe con la esfera de lo común y nos traslada al escenario de lo ‘diferente’. 
Y es también es evidente que cuando construimos una marca, nos focalizamos en el esfuerzo de alcanzar ese status que nos incorpore al ámbito de las ‘star system’ y nos permita destacar sobre el resto de competidores. Y no solo es evidente, sino que eso está bien, porque a la hora de construir una marca ‘diferente’ es lo que se debe hacer.
Ahora bien, tratar de alcanzar la cima de la singularidad implica un progresivo e ¿inevitable? alejamiento de nuestro público.
Ser una marca que se sitúa en la cima de la relevancia, implica un creciente distanciamiento de aquellos a los que, en el inicio del proceso, conocíamos de forma muy pormenorizada y a los que queríamos tener cercanos. Un público al que ahora que ya es multitud, hemos transformado en un cúmulo de ‘datos’ que hay que homogeneizar para poder trabajarlo con el mínimo esfuerzo.
Los intereses de la marca varían con el éxito. Los objetivos mutan transformando las estrategias, evitando la asunción de riesgos (asumibles cuando no tenemos nada que perder) y buscando nuevos planteamientos cómodos que no pongan en peligro nuestro elevado status.
Casi sin darnos cuenta, nos encontramos apoltronados en un podium de exclusividad y de reputación que nos permite disfrutar del paisaje desde lo más alto, pero desde el que ya no tenemos una perspectiva tan directa y cercana de nuestro público como la que disfrutábamos al empezar.
Sin ser muy conscientes de ello, nuestra marca tiende a despersonalizarse, adquiriendo una coraza externa que la distancia de la realidad de sus seguidores. Una coraza que nos impide el movimiento y nos obliga a forzar la iniciativa de nuestro público para conseguir que sea él el que se acerque, en vez de ser nosotros los que asumamos la responsabilidad de ir a buscarlos.
Nos despreocupamos de la realidad individual de quienes nos llevaron a la cima con su apoyo, y nos conformamos con construir una realidad globalizada para la que crearemos una respuesta más o menos genérica, basada en la aplicación de un algoritmo que bien podríamos denominar ‘del café para todos’.

Y así terminamos por alejarnos tanto de la verdadera esencia de la personalidad de marca, que llega el día en el que suspiraremos con nostalgia por aquellos tiempos en los que la ‘normalidad’ nos hacía ser más humanos y próximos.

Crezcamos, sí, pero no perdamos nunca el contacto con la normalidad… Que mejor nos irá.