Es evidente que el contenido es la gasolina que mueve internet. Y también es evidente que el octanaje (la calidad) de dicho contenido no suele ser determinante a la hora de conseguir que ‘lo bueno’ logre trascender por encima de ‘lo malo’.
Son muchos los casos en los que podemos comprobar cómo un mal contenido cobra un inusitado protagonismo. Rumores, bulos, bromas de mal gusto, informaciones no verificadas, campañas absurdas, etc., adquieren una rápida viralidad que puede enterrar bajo capas de inutilidad e insolvencia a esos otros contenidos que realmente aportan y merecen la pena.
Ahora bien, que nadie se rinda ante este tsunami de banalidad, porque si nuestro el objetivo es ‘comunicar’, debemos ser ser capaces de superar esa marea coyuntural y lograr situar nuestros contenidos allí donde el público que nos interesa pueda acceder a ellos.
Pero antes deberíamos reflexionar sobre la singularidad de lo que queremos comunicar. Ser capaces de establecer ese ‘criterio de valor’ que fundamente nuestro argumentario y que nos singularice como fuente ‘confiable’. No se trata tanto de alcanzar ese más que discutible status de ‘influencer’, sino de convertir nuestra comunicación en fuente de referencia, en nicho de opinión, de valor sostenido y sobre todo, de coherencia.
Es importante -vital, diría yo-, que tengamos muy claro que a la hora de comunicar (lo mismo da si es para una marca comercial o a nivel personal), el contenido es el valor de referencia sobre el que se generará la confianza del usuario.
De este modo, es ‘el qué contamos’, el auténtico factor determinante que nos convertirá en una referencia confiable; en ese touch point interesante -y no tanto, interesado-, en el que nuestro público encontrará un cobijo racional y emocional para sus necesidades de información y/o contacto.
Ahora bien, no caigamos en el error de confiarnos exclusivamente a la calidad y solvencia de lo que transmitimos, porque correremos el riesgo de pasar desapercibidos.
Crear un entorno de confianza exige ahora más que nunca ajustar las formas, vistiendo adecuadamente los mensajes, buscando aquellas vías de contacto que mejor se ajusten a nuestros objetivos y definiendo las pautas de un ‘estilo propio’ que nos singularice y que sea adaptable a las peculiaridades de cada entorno en el que comunicamos.
Es evidente que el contenido sigue siendo el rey. Pero no es menos cierto que -y abusando del tópico-, ese rey ya no sólo tiene que serlo, sino también parecerlo.
Es fundamental que tomemos consciencia de la importancia del ‘cómo’, a la hora de vestir nuestros argumentos. Y es determinante que ese ‘cómo’ se rodee de una capa de emocionalidad, que rompa con los muros de prevención del usuario.
 
La confianza hay que ganársela día a día, y eso exige que nuestros contenidos nos identifiquen por su fondo y también por su forma.
Una labor que exige buen tino, constancia y mucha paciencia. Porque ahora, más que nunca, si tienes prisa por llegar a tu público, empieza vistiéndote despacio.

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